En los últimos años, la irrupción de la inteligencia artificial (IA) ha sido ineludible en todos los sectores, incluido el desarrollo global y el impacto social. Organizaciones dedicadas a la transformación social y humanitaria se encuentran ante un desafío creciente: el uso de IA avanza más rápido que la creación de políticas internas que regulen su implementación. Este contexto, expuesto por Loksan Harley de Homelands AI, pone en evidencia una brecha significativa entre las herramientas disponibles y las directrices orientadoras para su aplicación ética y responsable.
Lo que sucede hoy en estas organizaciones es que el aprovechamiento de la IA se produce de manera informal. El personal recurre a herramientas de uso público —como asistentes conversacionales o plataformas de automatización— para tareas puntuales, a menudo sin consultar a expertos internos ni contar con lineamientos claros sobre la verificación de resultados, la protección de datos sensibles o los límites del criterio humano. Este uso espontáneo responde, en parte, a la falta de normativas oficiales y genera situaciones donde potenciales riesgos pasan desapercibidos.
La ausencia de políticas institucionalizadas ha llevado a la proliferación de dos posturas opuestas entre los líderes de estas organizaciones. Por un lado, algunos alientan la experimentación del personal a la espera de que el conocimiento acumulado termine por resolver las dudas; por el otro, hay quienes optan por restringir e incluso prohibir completamente el uso de IA. Sin embargo, como plantea Harley, prohibir es la alternativa menos efectiva, porque la utilización se vuelve clandestina y, por ende, imposible de monitorear o mejorar. La gestión de los riesgos asociados a la IA —como posibles sesgos, errores, filtración de datos o mal uso de información confidencial— se complica aún más cuando la actividad permanece invisible a la organización.
El artículo subraya que la única vía para una adopción positiva y responsable es reemplazar la negación o prohibición por marcos normativos flexibles pero robustos. Generar instancias de capacitación, sensibilización y monitoreo permite aprovechar el potencial innovador de la IA sin soslayar las obligaciones éticas ni los estándares de calidad. Un enfoque así no solo previene incidentes, sino que favorece la experimentación informada y el aprendizaje organizacional.
En el contexto global, especialmente en organizaciones que trabajan en entornos complejos, el riesgo de exponer datos protegidos o comprometer la privacidad crece si el personal no sabe cuáles materiales puede utilizar en herramientas públicas de IA. De allí la importancia de establecer criterios claros sobre los límites del uso de datos, la validación de respuestas generadas por IA y la integración de la supervisión humana como pilar fundamental.
Para el sector del desarrollo global, la situación plantea tanto retos como oportunidades. Por un lado, existe el desafío de actualizar regulaciones, analizar caso por caso los beneficios y las amenazas y formar equipos preparados para actuar de puente entre la tecnología y la misión social. Por otro, esta problemática abre la puerta a incorporar experiencias de otros sectores que ya avanzaron en la gestión de IA, aplicando los aprendizajes a contextos de alta sensibilidad e impacto positivo.
El debate sobre cuándo y cómo incorporar IA es transversal a todas las organizaciones que buscan innovar pero sin perder de vista la seguridad. La clave reside en diseñar políticas inclusivas, que permitan la adopción gradual y la transparencia, evitando tanto la negligencia como la parálisis ante el cambio.
Según lo publicado por Nextbillion, la visión de Harley impulsa a las organizaciones del sector social a superar las restricciones y asumir un compromiso activo con el desarrollo responsable de la inteligencia artificial. Solo con pautas claras, formación y una adaptación progresiva será posible aprovechar el valor de la IA sin renunciar al control y la coherencia institucional.